De metáforas laborales...

Que arroje la primera piedra el que como parte de un equipo no se haya sentido nada indispensable para mover las piezas del ajedrez o se haya sentido como un número de más de 5 dígitos de una larga lista de nombres y apellidos. Pero, ¿cuál es la razón de que se genere este tipo de pensamientos en nuestras cabecitas?

Las empresas tienen que comenzar a ver más hacia adentro (equipo y trabajadores) como una inversión más que sólo concentrarse hacia los externos (clientes y proveedores). Esto puede cambiar el ser considerados como algo realmente de valor a largo plazo que más que un simple activo que tiene que concentrar en hacer sus labores en un cubículo de 2x2 y nada más.

Una afamada frase utilizada  hace unas cuantas décadas, “los trabajadores son activos”, nos llevó a pensar precisamente en eso, pues constituye un ejemplo claro de evolución sobre la figura de expresión y de la actitud subyacente hacia los trabajadores que permaneció a lo largo de buena parte de una década del siglo XX.

Si un empresario compara a un integrante de su equipo con un activo, alude a dos ideas relacionadas, pero a la vez, diferentes. Por un lado, ennoblece al personal poniendo por encima el valor del individuo dentro de la empresa donde labora resaltando que es algo más que simple harina para su molino industrial. Sin embargo, por el otro lado, la metáfora también los subestima colocándolos en esa posición de simple harina. Ambigüedad que en la actualidad, tiene que girar para una sola dirección.

Hoy en día, una buena forma de ser empresarios integrales es concebir la metáfora de los activos a concepción no como capital humano sino como propietarios e inversores de capital humano. Los empleados, no las organizaciones, son propietarios de tal capital humano que las organizaciones necesitan, y son ellos quienes deciden dónde realizarán su aportación; invirtiendo ahora el papel que hace un siglo propiciaba temor por el hecho de ser despedido.

Concebir al empleado como inversor constituye beneficio en ambos sentidos, es cuestión que buenos ejecutivos comprendan que el incremento de conocimientos en un asalariado eleva la productividad hasta en un 16%, según estudios. La formación continua es una muy buena propuesta de inversión en activos humanos.

Hay que entender que ya no funcionan estos roles como antes. Hoy el vínculo entre empleado y empresa ya no depende de una propiedad, del paternalismo o de una lealtad ciega. Al contrario, el vínculo que une a ambos deriva de la capacidad y voluntad de cada uno para proporcionar beneficios al otro. Esta relación busca el provecho mutuo sin que alguna de las partes prospere a costa de la otra.

Sin duda, esta es una llamada de atención para los empresarios, pues al ya no poder retener con métodos antiguos a sus empleados y, a la vez, es una forma de comprometerse a cumplir promesas, entre ellas brindar empleos interesantes y con motivantes reales, no monótonos y sin incentivos de crecimiento. Y hoy más que nunca, esto es claro en la mayoría de las industrias. Como integrante del equipo uno busca actualizarte y/o programas, propicia que existan este tipo de actividades y aprendizaje en tu oficina, haciendo mucho más rico tu crecimiento profesional te dediques a lo que te dediques.

Esto está incrementando a números reales que trabajar se vea como una inversión atractiva tanto para empleados como para empresarios en todas las naciones. Construir ese capital humano en aprendizaje con compromiso y valoración de sus propietarios con constante acuerdo, es el activo que empresas deben adoptar para cambiar concepciones que hace unas décadas aún era desconsiderado y sin miras a evolucionar invirtiendo en riquezas de conocimiento y no sólo de capital.

Y tú, qué es lo que quieres comunicar y tener de manera interna, ¿un equipo integral o sólo números y metáforas que registrar?